Los 13 príncipes; Cuento para Pentecostés.

Updated: May 23


Érase una vez un rey que tenía 13 hijos. Un día, los doce mayores partieron a buscar fortuna, pero el decimotercero se quedó en casa pues era demasiado joven para acompañar a sus hermanos.


A lomo de doce hermosos caballos, los doce hermanos se fueron a cabalgar por el ancho mundo. Llegaron a un país que estaba cubierto por todas partes de rocas y cantos, piedras y guijarros.


Allí vieron a una anciana que estaba sentada en el suelo, frotándose las rodillas. Pero los doce príncipes estaban tan atareados guiando a sus caballos por entre las piedras, que no tuvieron tiempo de hablar con la anciana, siguieron cabalgando y llegaron a un país que estaba cubierto por todas partes de estanques y charcos, pantanos y ciénagas.


Allí vieron a una anciana que estaba metida hasta la cintura en un pantano, pero los príncipes estaban tan atareados guiando a sus caballos por entre las aguas, que no tuvieron tiempo de hablar con la anciana. Siguieron cabalgando y llegaron por fin a un castillo.


Las paredes se desmoronaban, las piedras tambaleaban, todo el castillo parecía estar sujeto por la hiedra que lo cubría por todas partes, incluso trepaba por las ventanas. Los hermanos estaban sedientos después de tan largo viaje y fueron a sacar agua del pozo del patio. Pero el pozo estaba seco y no pudieron sacar ni una gota.


Entraron en el castillo y estaba muy oscuro a causa de la hiedra que cubría las ventanas, además estaba húmedo y casi no se podía respirar, intentaron abrir las ventanas, pero estaban roñosas y no se podían mover. El mayor de todos rompió un cristal, pero la contraventana se cerró de golpe y la oscuridad se hizo aún mayor.


Los príncipes entraron en el salón de los banquetes. Había una larga mesa preparada con comida y bebida, decorada de flores blancas y doradas; Doce velas, platos y copas eran de oro.


El rey del castillo estaba sentado en su trono presidiendo la mesa, llevaba una corona de oro, pero estaba profundamente dormido. Los príncipes intentaron despertarlo, pero fue en vano; entonces se sentaron y empezaron a adormecerse poco a poco cada uno de ellos. Ahora que los doce príncipes no podían volver a casa.


El hermano más pequeño mientras tanto acudió con su padre y pidió permiso de ir en busca de sus hermanos. Al principio el rey se rehusó, pero finalmente le dio permiso.


El príncipe llego a un mundo lleno de rocas y cantos, piedras y guijarros donde vio a una anciana sentada y le pregunto - ¿Puedo ayudarla?

- Me he caído en las rocas, respondió la anciana.


El príncipe desmonto su caballo y vendo las rodillas de la señora y la llevo a su casa.

La mujer agradecida y le otorgo un puñado de arcilla para reparar cualquier cosa rota. El príncipe lo guardó y prosiguió su camino, llegando a un país cubierto de estanques y charcas, pantanos y ciénegas. Allí vio a una anciana que estaba metida hasta la cintura en un pantano.

-¿Puedo ayudarla?

-Me he hundido en esta charca y no puedo salir


El príncipe se desmontó y fue a ayudar a la anciana chapoteando y saltando de un lado a otro. La subió a sus hombros y cuando la dejó sana y salva en su casa, ella le obsequió una botella de agua para apagar su sed.


El príncipe guardó el regalo y prosiguió su camino, llegando a un país donde el viento y el aire soplaban y corrían, y donde vio a una mujer que venía precipitadamente, casi volando.

- ¿Puedo ayudarla?

- ¡Ay!- dijo la anciana - No puedo detenerme.


El príncipe corrió tras ella y antes de que viniera otra ráfaga de viento la agarró fuertemente y la dejo en una torre cercana.

-Toma esta lampara, te permitirá ir donde quiera que estés, dijo la anciana.


Finalmente, el príncipe llegó al castillo, donde las paredes se desmoronaban, así que saco su arcilla y reparo los agujeros de las piedras con la arcilla que le había obsequiado la primera anciana. Todas las piedras quedaron fuertes y bonitas.


EL príncipe fue al pozo y se dio cuenta que estaba seco, así que recordó el regalo de la segunda mujer y sacó la botella, vertiéndola en el pozo hasta que estuvo lleno y el agua empezó a correr. El príncipe se inclinó y bebió y apagó su sed.


Entonces el príncipe entró en el castillo y sacó su pequeña lampara de aceite que le habían obsequiado en el camino, iluminado de ese modo su camino.


Llego al salón de los banquetes y allí encontró a sus doce hermanos y al rey profundamente dormidos en la mesa. Intentó despertarlos, pero no pudo.

Observó que entre los platos, las copas de oro y las flores blancas y doradas, había 12 velas. Encendió con mucho cuidado las velas, una a una, con la ayuda de la lámpara que le habían otorgado en el camino y entonces todas las ventanas del castillo se abrieron, y a través de una de ella entró volando una paloma blanca como la nieve que posó en el hombro del joven príncipe.


Entonces los doce hermanos y el rey despertaron y se levantaron para darle la bienvenida y las gracias por haberlos liberado de su encantamiento.


Habiendo terminado de comer y beber los trece príncipes regresaron a casa junto a su padre donde hubo mucha alegría.

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