Cuento para el tiempo de Micael

Había una vez un rey que gobernaba un país muy grande. Vivía con su hija en un alto castillo desde el cual se divisaba hasta muy lejos. Delante del castillo había una plaza muy grande, done se celebraban las fiestas más hermosas, llenas de música y bailes. A la hija del rey le encantaba mirar desde su balcón los coloridos festejos que se hacían cada año. Los campesinos llegaban desde todas partes con coronas de cereales, flores, manzanas, peras y otras frutas, con tomates y zanahorias y otras verduras. Todo eran regalos para alegrar al rey y su hija.


Los campesinos llevaban vestidos festivos y alegres cintas colgaban de sus sombreros. Cantaban y bailaban los bailes de la cosecha. Cada año, cuando se acercaba el tiempo de la fiesta, la princesa subía al balcón, llena de esperanza, para saber si podría oír ya las primeras canciones, ver los primeros colores. ¡Qué alegría!


Pero un año no vino nadie. La princesa espero y espero inútilmente. Por fin vio que unos campesinos se acercaban. Pero ¿qué pasaba? No llevaban cintas de colores ni cantaban alegres canciones. Caminaban lentamente, con las manos vacías, con las caras tristes. ¿Qué había ocurrido? El rey mando a sus mensajeros y los campesinos le contaron lo siguiente:


- Este año no pudimos cosechar nada porque un dragón vino a nuestro pueblo. Es tan salvaje que se traga y aplasta todo lo que encuentra en su camino, y lo que no destruye de esa forma, lo quema con el fuego que sale de su boca. Así que este año no podemos celebrar la fiesta y si no tuviésemos reservas de otros años, pasaríamos hambre.


El rey, deseoso de ayudar, mando inmediatamente a sus caballeros a luchar contra el dragón. Pero cuando llegaron a su cueva, sus espadas de hierro y sus lanzas se torcían y se ablandaban por el calor del fuego y no podían luchar contra él. Después, el rey mandó a sus mensajeros y le ofrecieron al dragón oro, tesoros y todo lo que quisiera, con tal de que dejara el país. El dragón no quería ni oro, ni tesoros, solo quería una hermosa doncella. Si se la daban, se marcharía. Todos se asustaron y nadie quería ofrecer a su hija al dragón. Entonces, la joven princesa se acerco a su padre:


- Déjame ir donde el dragón, yo no tengo miedo, quizás pueda salvar al país. Pero el rey contesto:

- ¡Ni hablar, querida hija, no puedo entregarte al dragón! Quien sabe lo que te hará.


Nadie quiso dejar marchar a la princesa, pero ella insistía:

- Dejadme ir, Dios me protegerá, y si no voy, el dragón seguirá destruyéndolo todo y tendremos que morir de hambre.


El rey al fin respondió:

- Hija mía, anda con Dios.


La princesa se puso un vestido y un velo y subió a la montaña donde estaba la cueva del dragón. No miraba ni a la derecha ni a la izquierda, solo miraba al frente y al cielo, que estaban cubiertos de nubarrones negros, mientras soplaba un fuerte viento. Los caballeros acompañaron a la princesa hasta el pie de la montaña. Allí se detuvieron, porque sabían que con sus armas no la podrían ayudar.


El dragón de fuego salió de la cueva, y en el instante que la princesa miro hacia arriba, las nubes se abrieron y pudo ver el centro del cielo. Allí había más claridad que en el sol, y desde esa luz radiante apareció el arcángel Micael con su brazo derecho estirado, y desde cada estrella le llegó a su mano un rayo de luz. Un meteorito le formó una espada de hierro celestial. El dragón no pudo aguantar y cuando Micael lo apunto con su espada celeste, cayó a la tierra y no se volvió a ver. Su poder se había terminado.


Las gentes se acercaron y llevaron a la princesa junto a su padre el rey. Después corrieron a sus casas a buscar frutas, verduras y las más hermosas flores:

- Ahora podemos celebrar una nueva fiesta y será la fiesta de San Miguel. Ya no tendremos miedo al dragón.


Así hablaron y se fueron cantando con sus regalos al castillo






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